finales felicez

No digo que no haya finales felices, lo que digo es que no hay finales. Hay solo un final, y no es ni feliz ni triste ni alegre ni nada, es el final.

el fin de los propios

Hasta los ochentas, quizás hasta los noventas, todavía se usaban los propios. Eran los pasajeros de vuelos a los que se les solicitaba cargar un paquete como propio. Una persona lo contactaba en el aeropuerto de origen, le entregaba el paquete con el encargo, se lo entregas a fulanito, te estará esperando en el aeropuerto de México, llevará una cartulina con tu nombre, o vestirá con chamarra negra y pantalones de mezclilla azules. Así se enviaban paquetes para entregar en licitaciones, documentos legales o cualquiera del que se tuviera urgencia por entregarse el mismo día.

Pero los cuidados por seguridad han hecho imposible el propio, ya no nos permitimos esas confianzas. Ahora un documento urgente solo puede irse por Aeromexpress. En realidad esto es un alivio para el antiguo propio, pues siempre era una molestia ir cargando con el paquete, estar pendiente de no perderlo, buscar al destinatario al llegar, saludarlo, entregar, despedirte. Era un problema más serio aún en aquellos tiempos en que casi todos se conocían, así que el propio era conocido de alguna forma del que pedía el favor, y al llegar tenía que dar razón de su relación al destinatario, mandar saludar a todos, intentar recordarlos de nuevo, que te presentaran también a los acompañantes (un mexicano nunca va solo al aeropuerto, o a alguna parte), que fulanito es tu primo segundo mira deberían salir juntos. Todo esto cuando el propio solo quiere alejarse de su rancho para convertirse en el incógnito que puede ser en una ciudad como el DF, para ser esa estadística solamente, sin raíces, sin vínculos, sin obligaciones para visitar parientes.

Ahora el propio no puede llevar nada que no haya empacado el mismo, de hecho nada de un desconocido, y como ahora es poco probable que encuentres a un conocido en un vuelo, aún cuando eres de provincia, la utilidad del propio se perdió. Fueron dos causas, el terrorismo y el crecimiento de la clase media. ¿Por qué será que en todo se puede encontrar el lado bueno y el malo? Por eso funciona la frase «te tengo dos noticias, una buena y una mala, ¿cuál quieres primero?», y por eso funciona el diálogo que Pedro Infante sostiene con Antonio Badú:

 Me acaba de abandonar mi vieja -qué pena compadre, qué pena -no tanta porque ya ni la quería -qué alegría compadre, qué alegría -no tanta porque a lo mejor todavía la quiero y mucho -qué pena compadre, qué pena -no tanta porque algún día me las va a pagar -qué alegría compadre, qué alegría -no tanta compa, porque se llevó todo mi dinero -qué pena compadre, que pena -no tanta compa porque gracias a eso lo encontré a usted.

 

hormigas 4

Las hormigas se están portando bien, no se han metido a la cocina y sacaron un trozo de papita de detrás del sillón de la sala, lo sacaron para que no se echara a perder y provocara malos olores. ¿Qué les cuesta ser así todos los días?

¿No será posible modificar un poco sus genes para convertirlas en una especie de nanorobots de la limpieza? Tendrían que salirse de la cocina, o entrar solo en ciertas horas, tendrían que tomar solo los trozos pequeños que a mi se me dificulta limpiar y se tendrían que mantener lejos del fregadero.

Yo intenté ser su amigo, durante un tiempo me abstuve de usar el insecticida, solo limitaba su acceso a los lugares donde eran más molestas, la cocina, pero ellas seguían llegando. Tapé orificios con yeso y lo rompían, luego lo tapé con silicón y eso funcionó bien, pero en cuanto tapaba una entrada encontraban otra, así estuvimos luchando por meses, hasta que un día las encontré en mis frijoles recién cocidos y me decidí por el veneno.

Eso las mantuvo a raya un tiempo, luego el frío se encargó de ellas, alejándolas al menos temporalmente de mi departamento. Las espero para el verano para un nuevo encuentro, y no decido aún si seguiré usando veneno. Quizás lo haga solo con las que vayan a la cocina para obligarlas a limpiar los migas olvidadas en el resto de las habitaciones.

No se por qué sigue habiendo personas que añoran una idealizada vida prístina donde la naturaleza nos abastecía de todas nuestras necesidades y vivíamos en armonía con el medio ambiente, respetábamos los ecosistemas, vivíamos en un comunismo primitivo (todos eramos iguales) y además en un desarrollo sustentable (satisfacíamos nuestras necesidades sin comprometer las posibilidades de las futuras generaciones de satisfacer las suyas). Luego llegó la propiedad privada, la ciencia, la tecnología, y todo vino al traste.

La prueba más evidente de la falsedad de esta idealización es que ahora los animales salvajes envidian nuestra forma de vida, ahí están las hormigas metiéndose en la cocina, si la vida en la naturaleza es tan maravillosa, ¿qué hacen aquí? Ahí están las aves alimentándose en nuestros campos, los osos en nuestro campamentos, y en general todo animal salvaje con dos dedos de frente y la suficiente cercanía busca nuestros desechos para alimentarse y cobijarse. Esto prueba lo que siempre ha sido evidente pero los idealistas del pasado no quieren ver: la naturaleza apesta.

Y esta actitud mía parece pesimista, parece cínica, pero es lo contrario: si la naturaleza apesta y nuestra vida anterior era miserable, todo ha sido progreso, ahora estamos mejor que nunca. Esta actitud es el optimismo histórico, u optimismo con desilusión (porque viene de la desilusión con el pasado, con la naturaleza), o como lo llama Matt Ridley, optimismo racional.