Llegó al hotel de Parral a las 6:00 pm del jueves, después de haber manejado más de 700 km. Había empezado su día a las cuatro de la madrugada y solo quería un baño y descansar. Esperó en la recepción del Moreira a que atendieran a dos jóvenes alegres que cuestionaban a las empleadas sobre la feria, en varios momentos despreció o intentó ignorar las invitaciones indirectas que le hacían para unirse a la conversación. Parecía que iban de trabajo, en sus treintas o cerca de ellos, le dieron la impresión del tipo de técnicos que se autoemplean, trabajadores recios que buscan y aprovechan oportunidades y difícilmente se conforman con un empleo sedentario.
Aunque la impresión de los jóvenes le merecía respeto, no tenía intención de participar en una charla sobre la feria del pueblo, ni compartir la felicidad de esa fiesta. La despreciaba por considerarla pueblerina (la feria y los artistas que ahí se presentaban) y además realmente necesitaba una habitación.
Cuando por fin lo atendieron sintió un alivio al confirmar que su secretaria le había reservado la suite, la habitación 11. Esa es en su opinión la mejor opción de hospedaje en Parral, una buena habitación por menos de 500 pesos. El hotel no tenía buena cocina y no recibe tarjetas de crédito, pero por ese costo era la mejor opción disponible. El Adriana cobra más de 500 por una habitación descuidada y de alfombra manchada con la historia de todos los que por ahí han pasado. Ver los recuerdos de otros le impedía dormir con comodidad, le gustaba estar en un lugar, pero solo con su historia.
Pasó a su habitación, se descalzó y por fin se sintió descansando, bajó por agua y tomó del líquido y vitaminas, se sentó luego en el sillón y encendió la computadora. Revisaba los correos y a la vez hablaba con Oscar usando el radio cuando escuchó lo que parecía una explosión.
Fue acompañada de una corriente de aire que sacó la cortina por la ventana, también por gritos que no entendió, pero que transmitían terror, uno que era imposible no reconocer o ignorar. Se mantuvo tranquilo reflexionando sobre las muchas veces que había sospechado una catástrofe sin que lo fuera, y a la vez pensaba en la respuesta para Oscar, y decidió responder antes de hacer otra cosa, le dijo algo como “tienes que revisar que la presión en la válvula sostenedora se mantenga en uno punto cinco kilos, solo así se garantiza el adecuado lavado de los filtros”. Luego Oscar le respondió con otra pregunta pero antes de seguir la conversación decidió asomarse al pasillo. Había dejado pasar un tiempo con un silencio preocupante que lo mantuvo en suspenso, pero luego volvieron los gritos, no de alarma pero de advertencia, junto con ruidos de abrir y cerrar de puertas.
Salió y preguntó a un joven de la habitación de frente “¿qué pasó?!”, agregó un sentido de urgencia cuando vio la rapidez con que salía cargando maletas, “¡se está quemando todo abajo, salga rápido!”. Entonces dejó la tranquilidad, regresó a la habitación y tomó lo que consideró importante, la computadora y su mochila pero no el cargador, los celulares, la cámara fotográfica, cartera, las llaves del auto rentado. Y salió.
Al bajar las escaleras que lo conducían del primer piso donde estaba su habitación a la recepción notó que había humo, ya en la salida del hotel se le dificultaba la respiración y le ardieron los ojos, pero pasó por ahí rápidamente sin mayor problema. Cuando estuvo fuera viendo el actuar de policías y bomberos recordó que en ocasiones donde había sido espectador de otros accidentes había sido más reflexivo, había considerado ayudar a otros, resolver el problema, involucrarse. Ahora que era parte de las víctimas no cruzaron esas ideas por su mente, solo cuando estuvo fuera las pudo pensar. Se avergonzó de su alarma irracional, quiso regresar. Entonces se dio cuenta que había olvidado el radio. Se arrepintió también de haber dejado su ropa. Pasó como media hora pensando sobre la conveniencia o no de llevar todo con uno cuando sale de un edificio cuyo fuego apenas inicia, pensaba que toma tiempo en propagarse y que si se presenció la explosión inicial debería tener oportunidad para tomar todo, incluso doblar alguna camisa, y salir. Se podía hacer eso si ignoraba la angustia y el terror de los vecinos. En el próximo incendio se comportaría así.
Los jóvenes alegres de la recepción le preguntaron si había estado dentro cuando la explosión. Esta vez le agradó la compañía y la plática, pero no duró mucho, ya no recuerda por qué. Quizás porque estuvo tomando fotos.
Temía que no fuera posible regresar al hotel, así que estaba buscando otro para pasar la noche. Afortunadamente tenía el vehículo rentado en el estacionamiento del Moreira y podía guardar la computadora y la cámara ahí para luego ir al Adriana a buscar hospedaje. Cuando llegué al estacionamiento pensé que quizás era mejor sacar el carro para irme en él al Adriana, temía que lo cerraran más tarde y entonces no sería posible sacarlo. Así lo hice y afortunadamente encontré habitación sin problema. Luego regresé caminando al Moreira para sacar mi ropa y el radio. Cuando entré todo estaba mojado y aún con mucho humo, no había luz y no pude encontrar mis cosas, salí de la habitación preguntando a los primeros que vi por una lámpara de mano y para mi sorpresa noté que eran mis amigos trabajadores que subían por sus cosas. Se detuvieron y me sugirieron que usara el celular, pero antes de que terminaran se me ocurrió esa misma idea y me arrepentí de haber solicitado ayuda, creo que notaron mi confusión porque insistieron, “¿quiere que le ayudemos?” Entonces recordé que no quise intervenir en su alegre conversación cuando estuvimos en la recepción, que me había arrepentido por no ayudar ni preocuparme por otros cuando salí del hotel, que yo sabía usar la luz del celular, que ni siquiera era mi plan ir a Parral, que manejé a exceso de velocidad para poder llegar temprano a descansar (temprano, antes de la explosión), que mientras me preocupaba porque me había levantado a las 4 am mis nuevos amigos intentaban conseguir indicaciones de la feria, que la 11 era la mejor habitación de Parral, que tenía un auto para alojar mis pertenencias en caso de desastre.
Regresé a la habitación y con la luz del teléfono guardé todo en la maleta. Al bajar las escaleras, en el lobby, vi al señor Moreira, estaba revisando que los que salieran con objetos fueran sus huéspedes, era la primera vez que lo veía y le dije “habitación 11, Arturo”, “está bien”, y salí.
Luego volvió al Adriana, comentó con cierta alegría, con despreocupación, sobre el incendio, se lo platicó al guardia de seguridad del estacionamiento, a la recepcionista, al mesero que le llevó el club sandwich. Se durmió tarde sin preocuparse de las horas que había dejado de dormir ni de la alfombra con historia.
