Roki

Venimos de donde mismo, llegamos a donde mismo, pero cruzamos caminos muy diferentes. Nos separamos hace millones de años, luego hace miles de años nos volvimos a reunir, no biológicamente como antes pero culturalmente, aprovechando nuestras capacidades mamíferas (tu los acorralabas y nosotros los liquidábamos con nuestras recién estrenadas armas).

kirros
roki


Y así nos hicimos amigos, y seleccionamos a los que nos gustaron de los tuyos, y dejamos morir al resto, y así llegaste aquí, un día, solo, abandonado, muriendo. Y algo me motivó a dejarte en mi casa, fue mi decisión, lo recuerdo. Como si yo, como si nosotros, hubiéramos diseñado este destino, de tu perro y yo humano. Tu obediente y yo amo.

No me hablas, ni me explicas tus razones, pero veo que ambos tenemos 5 dedos, cuatro patas, y veo que hay un origen común. Y veo que me entiendes, que te entiendo, que me haces caras para que te entienda, y que eso solo pudo suceder con un pasado común.

Y veo que ves mucho más, ves quién manda, quién obedece, respetas al que manda y no te dejas del que obedece, de los niños y de mis empleados. ¿Cómo lo ves? ¿quién te explicó la jerarquía humana? Los miles de años juntos, ¿verdad? También nuestro pasado mamífero común, seguramente.

¿Qué se siente que te deje fuera de la casa? ¿Qué cuando te dejo entrar?

Imagino nuestra muerte, tu te irás primero, sentirás el dolor, quizás esa sensación de lo sagrado, de lo incomprensible que solo te da la certeza de algo importante. Pero poco o nada más. Y cuando sea mi turno, veré los años que me faltaron, lo que no hice, lo que dejé pendiente, además del dolor y lo sagrado, lo intimidante y sobrenatural de la muerte. Y espero recordarte y poder ponerme en tus patas para apreciar la muerte como tu, con dolor y respeto, pero sin miedo.

Sesteo

Fuimos a la playa Sesteo, en donde comimos uno de los zarandeados más sabrosos que he probado. Dijo Ulysses que el secreto está en la leña que se usa para asarlo, que creo ha de ser de mangle, no hay nada más que quemar por ahí, pero quizás influyó que lo acompañamos con cerveza Pacífico en caguama. Teníamos la fórmula perfecta, pescado, mangle y cerveza Pacífico, ¿hay algo más?

Uno de los dueños del lugar, un viejo con ganas de contar su vida, nos amenizó la entrada de ensalada de camarón con pulpo que pedimos. A los treinta minutos que no dejaba de hablar lo interrumpí para cuestionarle cuántos hijos tenía, dijo que 5 (o 6, o 7, eran varios), y entonces le pregunté que por qué solo hablaba de su hijo mayor. No supo responder, creo que aludió al clásico “a todos los quise igual”, pero 30 minutos de monólogo sobre un hijo afirmaban lo contrario. Entonces le pedí que se explayara sobre el primer hijo, me imaginé a mi padre hablando así de mi, y me ilusioné.

Nos han separado broncas, diferencias inquebrantables, distancias insalvables, pero quizás el viejo siga hablando con orgullo de mi. Quizás de hecho se necesiten esas distancias para que hablen con ese orgullo de uno, un orgullo que implica misterio, que fue más allá, que quizás no nos comprenden del todo pero que ven que funciona, y al final lo reconocen.

Y le pedí a Oscar y Ulysses que fueran a platicar con mi papá, que le invitaran una copa de vino (con eso se emborracha) y que luego lo dejaran hablar, que lo dejaran presumir a su hijo mayor. Y que lo grabaran. Con eso me voy, me doy por bien servido, con eso me siento realizado.

Pero no me tomaron en serio y siguieron comiendo zarandeado y tomando pacíficos, riéndose de mi y del viejo, y de su hijo mayor, creyendo que era mi broma, nuestra broma (del viejo y mía), creyendo que nos superaban, que nunca hablarían así de su hijo mayor, que era capricho del jefe. Quizás cuando sean viejos y no puedan parar de hablar nos recordarán, al viejo y a mi, y comprenderán lo que ahora no captan. O quizás ya estaba pedo y me pusieron en mi lugar.

El tiempo lo dirá. ¿Pero quién lo grabará?

 

Sesteo
Sesteo

dice mi mamá

Que raya los lentes porque sus pestañas rozan la mica, que así le pasa con todos porque está muy chata.

Me dijo con un nudo en la garganta que Jorge su sobrino no le hizo el funeral que mi tía Isabel se merecía, recuerda el lugar miserable, el ataúd corriente, que desde entonces ha vivido con ese cargo de conciencia porque a ella le había encargado mi tía el glamour de ese momento. Pero llego muy tarde.

Nos contó llorando de la risa una anécdota de mi tío Ramón, pero las lágrimas duraron un poco más que la risa.

El otro día nos llamó a comer, primero con un silbido que no escuchaba desde la infancia, luego con el típico “¡ya está servido!”

Que ya no sirve para nada porque usó el orificio grande para rociar pimienta a las papas, o porque olvidó que ya había sacado los limones, o porque olvidó comprar los limones en el super.

Que mi papá se la pasa en reuniones y no va a comer, que le va hacer daño comer esas cochinadas en la calle, que ya le salió alto el colesterol.

Que leyó en el periódico que Microsoft había dicho que Google no respeta la privacidad de los usuarios.

Que mi papá no irá a comer, que si se me antoja un coco Hawai, que tiene antojo desde hace días. Sí, camarón con pulpo por favor.

Se que extrañaré estos momentos, y me temo que no falte tanto tiempo como quisiera.